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MYSTERIUM FIDEL.
Por Juan
Ávalos Andrade, Párroco de La Puebla de Cazalla.
Decía san Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y
sacarás amor”. Esto es lo que hizo del todo, y hasta el
extremo, Jesús. Su amor sin límites que le llevó a la
cruz, floreció y dio fruto en su resurrección. El camino,
iniciado en Belén, no terminó en la cruz: sigue vivo y
presente entre nosotros porque Jesús resucitado es nuestra luz
y alimento, es nuestro hermano y Señor.
Es
lo que en los días de la Semana Santa y en la cincuentena
pascual, al igual que en todos los domingos y siempre,
afirmamos y pedimos. Es lo que, como fundamento esencial, está
en el origen de nuestras tradiciones cofradieras; y deberíamos
cuidar que el arte, la cultura, la devoción, el folklore...
(todo lícito, o mejor: positivo y bueno) no lo obscureciera,
sino, por el contrario, lo engrandeciera poniéndose al
servicio de tal fundamento. Es el ministerio al que estamos
llamados todos los que nos sentimos cristianos, y de modo
peculiar las Hermandades y Cofradías, como asociaciones
públicas de la Iglesia Católica, no dejándonos arrastrar por
una mentalidad laicista que pretenda despojar de todo sentido
trascendente a nuestras más importantes celebraciones.
Este año gozamos de una oportunidad especialísima para
reciclarnos espiritualmente, y revivir este fundamento
expresado en los primeros párrafos de este escrito: Desde
octubre de 2004 a octubre de 2005, por disposición de Juan
Pablo II, nos encontramos en el “AÑO DE LA EUCARISTÍA”.
En la EUCARISTÍA, se manifiesta, se realiza, se actualiza, se
hace verdadera, real y sustancialmente presente el MISTERIO DE
NUESTRA FE: CRISTO, entregado hasta la muerte en la cruz por
nosotros, nos da su Cuerpo, como alimento que nos libera de
todas nuestras esclavitudes y miedos a las dificultades de
esta vida, incluida la misma angustia ante la muerte física.
CRISTO, nos da a beber el cáliz de su Sangre, derramada por
amor, como señal de la Alianza o Pacto de Amor que nos
introduce en la Vida Eterna. De ahí que sea una gozada
ANUNCIAR LA MUERTE DEL SEÑOR, PROCLAMAR SU RESURRECCIÓN Y
ESPERAR CON ALEGRÍA SU GLORIOSA VENIDA.
Este Misterio Central de nuestra Fe, del que podemos disfrutar
en todas nuestras Eucaristías, donde además se ilumina y
alimenta nuestra vida con el pan que previamente se nos da en
la Mesa de la Palabra, es el que de manera sensible queremos
hacer público con nuestras imágenes en la calle. Con la
finalidad de poseer un conocimiento más profundo y un amor más
intenso a este inefable “MISTERIO DE LA FE” y,
consiguientemente, sacar frutos espirituales cada vez más
abundantes, Juan Pablo II ha dispuesto que, durante el AÑO DE
LA EUCARISTÍA, se pueda, (respetando las «condiciones
habituales»: «confesión sacramental, comunión eucarística y
oración por las intenciones del Sumo Pontífice, con el alma
totalmente desprendida del afecto a cualquier pecado»)
alcanzar INDULGENCIA PLENARIA, participando con atención y
piedad en actos de culto y veneración al Santísimo Sacramento,
así como por rezar ante el sagrario las Vísperas y Completas
del Oficio Divino.
Además pueden alcanzar la indulgencia plenaria aquellas
personas que a causa de una enfermedad o de otras motivaciones
justificadas, no puedan participar en un acto de culto al
Sacramento de la Eucaristía en la iglesia. Estas personas
podrán alcanzar la indulgencia si «hacen espiritualmente la
visita con el deseo del corazón, con espíritu de fe en la
presencia real de Jesucristo en el Sacramento del Altar, y
rezan el Padre Nuestro y el Credo, añadiendo una invocación
piadosa a Jesús Sacramentado (por ejemplo, «Bendito sea y
alabado en todo momento el Santísimo Sacramento»).
Obviamente, en todos los casos, re requiere que respeten las
condiciones establecidas para recibir la indulgencia plenaria.
Si ni
siquiera pudieran hacer esto, obtendrán la indulgencia
plenaria si se unen con deseo interior a los que practican de
forma ordinaria la acción prescrita para la indulgencia y si
ofrecen a Dios misericordioso la enfermedad y los problemas de
su vida, con el propósito de cumplir apenas sea posible las
tres condiciones acostumbradas».
Entender el significado de las indulgencias requiere antes
comprender que la culpa, el pecado, es el acto consciente y
libre con el que se desobedece la voluntad de Dios, mientras
que la pena es la consecuencia debida a la culpa. La culpa se
perdona por la misericordia de Dios, a través del don del
perdón que, mediante el ministerio de la Iglesia, se da, de
forma que cada vez que nos confesamos se nos perdonan nuestras
culpas si estamos sinceramente arrepentidos. Pero es necesario
«superar» la pena, esto es, aquella consecuencia que el mal ha
tenido en nuestra plena realización de hijos de Dios.
También
aquí la Iglesia viene en ayuda. Ante todo indicándonos
senderos penitenciales después de cada confesión. Pero
precisamente porque ninguno de nosotros se salva solo y
estamos en comunión con la Iglesia, ésta además de podernos
dar, a través del ministerio de la Reconciliación, el perdón
de las culpas, nos da también una ayuda para superar el peso
de la pena: «la indulgencia».
No se trata de algo mecánico, sino de una ayuda que es dada a
una conciencia arrepentida del pecado y abierta sinceramente a
la acción misericordiosa de Dios. El momento de gracia y
purificación que ofrece el Año de la Eucaristía se debe vivir
con la actitud de quien quiere amar a Dios con todo el
corazón, de quien quiere crecer, tanto purificándose del no
amor que como pecado ha pesado en el pasado, como abriéndose a
una superación de todas las consecuencias negativas del
pecado. Ello implica evitar del todo la idea casi
fiscalista de que se haga algo y se obtenga a cambio otra
cosa, porque el «do ut des» (doy para que me des) no forma
parte de la relación entre el hombre y Dios, no forma parte
del exceso de misericordia con que Dios supera siempre
nuestros pecados si nosotros, arrepentidos, volvemos a Él.
Y termino añadiendo un dato más que proclama la grandeza del
AMOR DE DIOS, depositado en su Iglesia, y que ésta con
generosidad distribuye:
Dice así
el Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1479:
«Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son
también miembros de la misma comunión de los santos, podemos
ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos
indulgencias, de manera que se vean libres de las penas
temporales debidas por sus pecados».
REVISTA Nº 11
2005


José María Javierre
Preguntan los viajeros, preguntan y no paran. Quieren interpretar
el fenómeno humano de la Semana Santa andaluza. Les resulta
incomprensible que un pueblo cargado de reivindicaciones y
desdichas haya salvado hasta hoy esta tradición. Cómo es que
llevamos dentro tanto desengaño con tal carga de alegría. Si de
veras podemos sufrir y gozar, tanto, al mismo tiempo.
Vaya por delante que no hay Semana Santa andaluza, hay
Semana Santa de cada pueblo y de cada capital de Andalucía. Los
periodistas que pateamos el planeta sabemos que cada tierra, cada
grupo humano, debe ser comprendido desde dentro, con
arreglo a parámetros suyos. Aquí abajo la Semana Santa puede
verse, aplaudirse; o criticarla desde fuera. Error y cansancio
inútil.
Todavía mis amigos alemanes me insisten: -Es absurdo que no
coloquéis a cada paso de la Semana Santa su motor, y ruedas de
goma. Armado de paciencia intento transmitirles que si alguien
osara en Sevilla colocar el motorcito, le sacaríamos los ojos; que
los costaleros dotan a las imágenes caminantes de aire humano,
dan al Señor Nazareno la cercanía de quien sufre con nosotros, y
nosotros con Él; que así la Virgen nos viene deslizándose
divina sobre el mar de muchedumbre; que una corriente de ternura
sube desde la imagen, bellísima, hasta el portador fatigado,
sudoroso él bajo las trabajaderas; que un escalofrío nos estremece
cuando a ésta es el golpe de martillo hace saltar el paso
al aire con temblor de cirios, flecos y varales, porque los
costaleros, alzando la imagen, nos alzan a cada uno y a todos
nosotros, alzan Sevilla, alzan Andalucía que camina con su cruz a
cuestas, con sus aciertos y errores, con su gozo y con su pena;
que no se trata de una carga material para arrastrarla
mecánicamente: con Él y con Ella va sobre los costaleros nuestra
vida y nuestra muerte, la apuesta absoluta de nuestro ser...
Preguntan y no paran, quieren saber cuánto pagamos a cada
costalero; les explico, en nuestra jerga cofrade:
-Pagan ellos por
igualarse de costaleros, de fiarores, y si pudieran un día, de
pateros...
-Estáis locos, en el
siglo XXI seguís metiendo vuestros costaleros bajo el paso; sería
ideal un motor diesel.
-Vuestro motor daría
más fuerza a los pasos; el costalero les da gracia.
-¿Gracia?, ¿y qué es la
gracia?
-Inútil, ninguno de
vuestros cerebrales filósofos lo sabe: Gracia es un duende que
nació en Sevilla...
Ninguna ciudad del planeta ha cosechado a lo largo de siglos
semejante letanía de laudes y denuncias, de alabanzas y desaires.
La Semana Santa de los pueblos del Sur no es sólo un espectáculo,
es una experiencia. Hay que entrarle, hay que ir con ella, lo cual
no es fácil por una razón que yo me sé: los andaluces no tienen
puesta su región en un escaparte que aguarde el asombro y el
piropo de los visitantes, los andaluces son y viven, lloran y ríen
a su gusto, guardando el compás de las emociones tradicionales con
arreglo a un calendario secular. Les importa, pues, bastante poco
lo que piensen y escriban los viajeros venidos de fuera a ver qué
ocurre en la Semana Santa. Su gente viven hacia dentro..., quizá
demasiado: porque su actitud hermética les aleja de los circuitos
financieros europeos, hoy que la economía condiciona el bienestar.
Eugenio Noel, como tantos, tiempo atrás observó nuestra Semana
Santa. Miren que fue sutil escritor, aunque algo altivo: Pues no
se enteró. Noel recoge una acusación mil veces repetida. Echa por
delante los elogios, nada es aquí prosaico ni vulgar; nos
ve abrumadoramente originales, le parece delicioso,
impetuoso, el ardor popular; y mete la estocada: -Mas, ¿y
la fe? ¿Dónde...? Lo que hay es derroche, generosidad, orgullo y
paganismo.
La pregunta clave, ¿venenosa?: si las Hermandades y sus imágenes
llevan en sí auténticos contenidos religiosos. Aquí abajo
conocemos perfectamente las dos docenas de defectos propios de
nuestra Semana Santa, suficientes para elaborar una denuncia
sociológica. Y Teológica. Cada forastero puede ver lo que le
apetezca, probablemente le sobre razón. Aquí no pregunta a nadie
por su vida personal profunda, respeta los horizontes misteriosos
de la fe. Tan lejos estoy de disimular nuestras lacras que yo
mismo he apartado de la ruta del sur a algunos extranjeros que
pasaban por Madrid con las alforjas llenas de topicazos andaluces.
Traté de que conocieran primero la Semana Santa castellana, seria,
comprensible: Otro año bajará usted a la gran parada de Sevilla.
Vivía aún el cardenal Segura, objeto permanente de desconcierto en
las redacciones de los diarios parisinos. Mi amigo no estaba
dispuesto a desaprovechar los clichés que traía preparados: No;
me voy a Sevilla, quiero la Semana Santa con castañuelas y
cardenal Segura. Uno de mis amigos abandonó Sevilla el
miércoles, temprano: le resultaba imposible soportarnos hasta el
sábado: -No entiendo, y menos a ti como sacerdote del Concilio
Vaticano II: ¿Apruebas estos modos de religiosidad?
Me mosqueó, él quería
pelea: -No te han gustado nuestras Cofradía.
Entró a matar:
-Estos tipos de piedad son restos medievales, con una carga
supersticiosa intolerable para la sensibilidad espiritual de la
época presente; y dan una cara arcaica de la fe cristiana.
Comprendo lo difícil que ha de resultar para un forastero
descubrir los estratos de la Semana Santa; espectáculo a los ojos
de quien la contempla, pero vivencia sagrada para el creyente que
camina seis horas tapada la cara bajo un antifaz a solas en medio
del bullicio. Yo que lo conozco puedo certificar el influjo de un
Cristo y de una Virgen a lo largo del año en el ámbito familiar.
Quienes sólo contemplan la fiesta externa del pueblo sevillano, ni
adivinan ni puedan siquiera sospechar la corriente sanguínea que
durante todo el año circula por el sistema arterial de las
Hermandades. He aquí uno de los misterios que sólo se perciben a
fuerza de habitar largamente en esta tierra.
El viajero puede creer que los entusiasmos de un barrio por un
cristo o por una virgen están elaborados con dosis pasajeras de
exaltación colectiva. Nosotros mismos nos planteamos la pregunta,
como un arpón: Si cincuenta mil, ochenta mil amigos de Cristo
redentor acompañan como nazarenos al Señor que nos libera y nos
salva, habrían de notarse las huellas de tantos pies ajustados a
la horma del Evangelio: ¿Cuándo seremos un pueblo del todo justo,
pacífico y bondadoso, cristiano de verdad?.
REVISTA; EL ESTANDARTE Nº 8 La Puebla
de Cazalla 2002


OTRA SEMANA SANTA
Manuel Gómez Moreno
La Puebla de Cazalla, a 05 de febrero
de 2005
Amanece en la puebla y
es domingo de ramos, tradición y cultura, nuestros ancestros
vuelven como cada año a compartir nuestra devoción cristiana,
nuestros recuerdos vuelan hacia el pasado, llega la temida
nostalgia, nos invade la melancolía pero también una alegría
infinita un ansia de primavera que nos hace pasar la mayor parte
de la semana a plena calle percibiendo los cinco sentidos de esta
inigualable fiesta.
Amanece en la puebla y
resplandece la torre de la ermita en su sencilla pequeñez, sobre
sus blancas paredes se amontonan los ramos de olivo y en el patio,
esbeltas y solemnes las palmas esperan ya el inicio de una
procesión que recorrerá en autentica comunidad las viejas calles
de nuestro pueblo, al son de hosannas y salmos que los
neocatecumenos ensalzan con sus bellas canciones. La plaza vieja
acoge esta alegre procesión pórtico ideal de nuestra semana santa
y que mucho de nosotros nos perdemos desgraciadamente.
La noche anterior a
cada domingo de ramos tenemos también una cita intima con nuestro
cristo de la vera cruz en su traslado al paso de salida desde su
camarín, momento intimo e intenso que los hermanos de la
corporación y pueblo en general nos reconfortamos con el ejercicio
del vía crucis interno a la luz de los cirios y las velas.
Igual de intenso
resulta el de nuestro padre Jesús cautivo la noche del martes
santo entre un mar se saetas que le brindan los saeteros desde los
respectivos balcones que la hermandad dispone en su camino
Es jueves santo y Jesús
se nos despide en la conmemoración de la ultima cena, donde nos
deja su mas preciado mandamiento” amaos los unos a los otros”, y
para ello los hermanos del cristo reciben el lavatorio que les
realiza el cura párroco recordando sus palabras de “aquel que se
humilla será ensalzado”
La tarde del viernes
santo es triste y mortecina nuestro pastor se nos ha muerto y su
rebaño se queda huérfano y desamparado, por eso su iglesia celebra
en este DIA la muerte sin mas, hoy no hay eucaristía y las hostias
consagradas se reparten para dejar el sagrario mudo y solo hasta
que recibamos el aleluya de la resurrección la primera hora del
domingo, un cirio pascual iluminado será la luz que ilumine la mas
absoluta oscuridad en que queda el mundo cuando el se va. Será el
“mors mortem superávit” la muerte supera la muerte la vida triunfa
y como el resucito así también lo haremos nosotros al final de los
tiempo.
Esta semana santa es la
gran olvidada de lo que entendemos nosotros como tal, sin
trompetas ni tambores, sin nazarenos ni costalero o capataz, sin
“al cielo con ella” ni “a esta es” sin folklores ni avalorio es la
raíz desgraciadamente olvidada entre los que presumimos de
cofrades y capillitas.
REVISTA; EL ESTANDARTE Nº 11 La Puebla de
Cazalla 2005

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