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He estado más de dieciséis años emocionándome debajo de las
trabajaderas. El dolor, la alegría, el sudor y el apoyo que he
sentido cada estación de penitencia, me confunden y me impiden
distinguir entre la devoción y la afición.
Tras una infancia no muy cercana del clamor cofrade, descubrí el
sentido de la Semana Santa y del ser costalero a los quince años,
bajo el paso de palio de una de las imágenes de mi devoción, y en
ese mismo momento prometí que mientras pudiera, me pondría el
costal y la faja de penitencia cada primavera.

He pasado por las trabajaderas de varias hermandades, han sido
muchas las horas de entradas y salidas, de vítores y mecidas, de
sufrimiento y devoción, "donde se da todo a cambio de nada".
A través de los tupidos respiraderos el
ambiente se ha intuido en la voz del capataz, al golpe del
martillo las respiraciones se han contado por segundos, el
reducido espacio físico ha reforzado siempre el compañerismo, ha
dado tiempo a pensar en todo, a llorar, a reír y a compartir con
el resto de mis hermanos de cuadrilla. La vivencia de un costalero
contrasta con la soledad del nazareno y del capataz. A mis treinta
y siete años, uno de los mayores orgullos de mi vida es el haber
sido costalero, y no presumo de tener anchas espaldas y brazos
fuertes, sino de sentir profundamente el espíritu de la Semana
Santa.
Hace varios años, por motivos de enfermedad tuve que cumplir una
promesa que hice, y quisiera no haber cumplido nunca, "cuando no
pueda resistir una levanta a pulso y una salida de rodillas,
cambiare el costal y la faja de penitencia, por la túnica
nazarena".
Que suerte la vuestra, que aun seguís siendo costaleros, y podéis
estar bajo sus trabajaderas, por que cada chicota tiene una
recompensa bulliciosa, aunque el premio final esta en la señal
que se adivina bajo el cuello del costalero que se inclina
respetuoso, para despedirse hasta la próxima Semana Santa de la
imagen de su devoción.
REVISTA;
EL ESTANDARTE Nº 11 La Puebla de Cazalla
2005
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Guerrero |
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