Faltan cinco minutos para que se abra el viejo portalón de la
iglesia del convento y comience con la austeridad acostumbrada
el desfile penitencial de mi hermandad de Vera-Cruz.
Como siempre, tomo mi cruz para emprender un nuevo camino
nazareno y espero en el dintel mismo de salida a que terminen
los últimos cinco minutos de la cuenta atrás que empezó un buen
día en los albores de la cuaresma con los preparativos de
nuestros cultos; la limpieza interminable de la candelería, los
respiraderos, las jarras, varales y todo lo que conlleva la
ornamentación propia de un paso de palio.
Que lejos me parece ahora aquellas noches de olor a cera en el
maremagnun que convertíamos la sala de juntas escuchando el
llamador mientras realizábamos nuestro trabajo de priostes.
Terminábamos pasada la media noche y al salir a la plazoleta nos
recibían los primeros azahares que brotaban de los naranjos
mientras contábamos los días que faltaban para la Semana Santa
o más bien para el Viernes de Dolores que era el día que
dejábamos terminada nuestra tarea que luego recobrábamos el
Lunes de Pascua hasta llegar el verano en una labor impagable
guiada solo por la devoción a nuestros titulares.
Hoy me dispongo como siempre a emprender mi camino nazareno
lejos ya de la priostía y de la junta en un cambio generacional
lógico y consentido para dar paso al surgir de nuevas ideas y
proyectos de la juventud cofrade que necesitan estímulo para
llevar a cabo sus ideas, ya que la obstinación y la perpetuidad
de muchos de nosotros origina que gente válida y con ganas se
cansen de esperar y terminen por irse.
Se acaban los últimos cinco minutos y se abre como siempre ante
mí la plazoleta en su amalgama de luz y color en esta noche sin
igual del Jueves Santo donde la
parasceve ilumina el manto terciopelo del cielo.
“Toma tu cruz y sígueme” reza la inscripción de mi cruz de guía,
como siempre la vuelvo a levantar sobre la Puebla que espera y
emprendo un año más, “gracias CRISTO”, un nuevo camino nazareno.